Salvatore Schillaci vivió un éxito fugaz que lo catapultó a la fama en el Mundial de Italia 1990. Un torneo al que había llegado en silencio, casi como un tapado, pero en el que se transformó en el goleador absoluto con seis goles. Es cierto, se habla de un recuerdo poco feliz para los locales, pero que el artillero capitalizó: se llevó los premios al Botín de Oro y Balón de Oro. Un mes que a Totó le cambió para siempre su relación con los hinchas italianos.
El hijo más querido de Palermo nació en la capital de la isla de Sicilia el 1 de diciembre de 1964. Salvatore empezó su carrera profesional en el Club AMAT Palermo en 1981. Un año después arribó al Messina, que por entonces jugaba en la Serie C. Desde sus comienzos, Salvatore no se distinguió por su técnica, pero sí por su olfato de gol y su pericia en el área rival. Entre 1982 y 1989 jugó 219 partidos entre las Series B y C y marcó 61 goles. Y cuando era un absoluto desconocido para el público general fue contratado por la Juventus en 1989, en la era dorada post Michel Platini.
Hoy, a los 55 años, luce con más pelo que cuando se dio a conocer 30 años atrás. Desaparecido de las grandes luces del fútbol, Schillaci no siempre estuvo ligado a este deporte. Entre otras cuestiones, amante del cine y la TV, el italiano interpretó el papel de un mafioso, inspirado según él en Robert De Niro, su ídolo (la serie se llamó «Squadra antimafia»). Además, participó del reality show «La Isla de los Famosos», en el que terminó tercero. Más adelante se dio un nuevo gusto actuando en las películas «Love, Lies and Football» y «Il mio amico». También escribió su autobiografía «Il gol è tutto» («El gol es todo»). Y finalmente probó en la política en 2001, aunque de ese mundo huyó despavorido: concejal primero, y consejero regional de Deportes de Palermo después, la experiencia duró sólo dos años. Una definición lo pinta de cuerpo entero: «Mi vida no es estable, estoy siempre girando».
En relación con el mundo en el que se formó, el de la pelota, Schillaci dirige en Palermo un centro deportivo desde el 2000. Allí se formó Francesco Di Mariano, su sobrino, también futbolista. Asimismo, Totó es el dueño de U. S. Palermo, un equipo de jugadores amateur. Siempre activo, el ex delantero también forma parte del Proyecto Asante, un club de aficionados que juega en la liga siciliana y está compuesto íntegramente por inmigrantes. Y trabajó como comentarista televisivo en la RAI.
Tras el Mundial, el llamado «Padrino del Gol» (por su origen siciliano), siguió en Turín un par de años más pero su aura goleadora se fue apagando paulatinamente. En la temporada 92-93 fue fichado por el Inter. En Milán lo suyo también resultó fugaz y anotó apenas 11 goles en dos años. Su nombre empezaba a quedar cada vez más relacionado con lo hecho en Italia 1990. Atacado por varias lesiones, en el fútbol de elite nunca más volvió a brillar como en aquel Mundial.
En 1994, Schillaci se marchó al Júbilo Iwata de Japón y fue el primer italiano en competir en ese país.
18 meses antes del Mundial de 1990 no era más que un delantero del humilde Messina, de la segunda división italiana. Y de entrar para sentarse como suplente en el primer partido de Italia, Totó -era el reemplazante natural de Andrea Carnevale- se encendió al anotar seis goles a lo largo de los siete compromisos que jugó la Azzurra en el Mundial. Le bastaron apenas tres minutos en ese debut contra Austria (ingresó a los 30 del segundo tiempo y a los 33 marcó el 1-0) para darse a conocer al mundo. En su país se ganó un apodo: «Il Salvatore de la Patria».
En Italia ’90, Schillaci se convirtió en un ídolo de la noche a la mañana. Durante ese torneo fue el autor del 60% de los goles italianos, que terminaron invictos pero se quedaron con las manos vacías. «Yo no era titular. Era el único que llegó de puntillas e intenté poner al técnico en dificultades. Es una historia fantástica y tengo que decir que no me lo esperaba», remarcó en una reciente entrevista en Radio Rivadavia.
Los goles de Totó se fueron sucediendo: Austria y Checoslovaquia por la zona de grupos; Uruguay en octavos de final; Irlanda en cuartos, la Argentina en semifinales e Inglaterra en el cruce por el tercer puesto. Apenas se sentó en el banco de suplentes durante los dos encuentros iniciales. Sus brazos en alto y sus ojos enérgicos en cada uno de los festejos quedaron como una marca registrada de los mundiales. «El recuerdo permanente de la gente es lo que más guardo dentro de mí. Ojalá que lo hagan por siempre», se emociona.
FUENTE: TGR/LaNacion